27
May

Reynaldo Castro escribe sobre París tres

Reynaldo Castro cerca del Cerro de los Siete colores, en Jujuy.

He leído, con alegría, el libro París tres (Xordica, 2007) de Aloma Rodríguez. Se trata de su primera novela (la segunda se llama Jóvenes y guapos y fue editada por la misma editorial el año pasado). La autora es de Zaragoza, nació en 1983, estudió Filología Hispánica, es actriz y productora de teatro.

La novela está muy bien escrita: es ágil, clara y un humor desenfadado. Habla de las peripecias de una joven española que estudia en la Universidad Paris 3 y que, además, hace teatro. Cualquier similitud con la autora, como se ve, es pura consecuencia.

Mezcla rara que incluye infidelidades imaginarias, diario de una becaria en un país extranjero y, de manera solapada, el pago de una deuda afectiva a un padre que dejó su huella en la autora. No existe un episodio dramático que sea clave en construcción narrativo, más bien hay pequeños episodios (la extensión de los capítulos siempre es breve) que tienen dosis pequeñas de dramas, humor, reflexión. Quizás, el mayor logro de esta novela sea cautivar al lector sin grandes problemas ni golpes bajos.

Que los jóvenes de hoy no tengan ningún interés por las causas sociales no significa que sean superficiales. El compromiso juvenil parece pasar por otro lado: por la crítica a los profesores que no se esfuerzan en el dictado de clases, por los prejuicios que todo generalizan, por las amistades que quieren ocupar siempre un lugar protagónico y que no dudan de rotular como alcohólico a todo bebedor que confiesa tomar una copa diaria, y por los intentos de coger –de follar, escribe la española– sin haber realizado un discurso amoroso previo.

Ver artículo.

13
Oct

Presentación en Ejea

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     En las fotos, cortesía de Ismael Grasa, un momento de la presentación de Ropa tendida, de Eva Puyó y París tres, de Aloma Rodríguez. Arriba, las autoras firmando.

01
Oct

París tres en la Semana del libro de Ejea

El domingo 5 de octubre, a la una de la tarde, en el Centro Cívico, se presentarán dos libros de la Editorial Xordica: ‘París tres’, de Aloma Rodríguez, y ‘Ropa tendida’, de Eva Puyó.

 

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01
Oct

París tres en Aragón literario

Búsqueda

 

Lo primero que sentí fue envidia. Y de la mala. La misma que sientes cada 22 de diciembre viendo el telediario.
Irse a París a estudiar literatura a la universidad de la Sorbona. Vivir en un piso con vistas al Sacré Coeur y con una chimenea tapada reutilizada como baúl de vino y tabaco. Aunque sea un quinto sin ascensor. Qué envidia.
Pero estoy harto de tanta queja y tanto arrepentimiento que no sirven de nada. Este año también habrá un 22 de diciembre y tampoco seré yo el que salga en el telediario bebiendo a morro de una botella de cava. Así que decidí irme a París y volver a tener veinte años, subir hasta un quinto sin ascensor y disfrutar de las vistas, recorrer la ciudad en bicicleta y frecuentar las calles por donde no pasan los turistas.
Al principio lo entendí como un diario de noventa y ocho entregas, y pensé en el esfuerzo, en la voluntad de escribir, en querer algo y proponérselo. En la constancia. Pensé en esos días en los que llegas a casa derrotado o borracho y en lugar de lavarte los dientes y meterte en la cama a dormir la mona te pones a escribir unas líneas. O que al día siguiente, entre clase y clase, con el segundo café de la mañana, aprovechas el tiempo para guardar la vida en un papel. Escribir telegramas que no enviaremos a nadie.
La inmensa mayoría iniciamos un proyecto, empezamos con ilusión, pero me temo que, como esos deseos para el nuevo año que requieren esfuerzo y constancia, no sobrevive a la primera excusa. Cambiamos el romántico quinto sin ascensor por un bajo con jardín. Sin embargo, Aloma se lo propuso y lo consiguió. Aloma estudia literatura pero tiene claro que quiere ser actriz. Aloma escribió un diario sin pretender hacer literatura. Contar las cosas que hacía, las cosas que le pasaban, las personas que conocía. Hablar de sexo y amigas, de tu novio y de ilusiones, de bicicletas, calles, películas, profesores, música, cigarrillos, teatro de vanguardia, dudas y una inmensa ciudad de novela. El estilo es lo de menos. Parece escrito con prisa. Sin detalles. Seco al paladar. Pero acabas acostumbrándote al sabor. Y te das cuenta de que el estilo no es lo importante, que cada uno tenemos el nuestro, nuestra forma de contar las cosas. Unos hablan mucho, otros poco o lo justo. Unos son serios, parecen enfadados cuando no lo están, otros –como yo- son charlatanes y excesivos.
Pero me di cuenta que era algo más que un diario. Que no era sólo eso.
Pensé en cómo era mi vida con veinte años, en el último año de la Facultad. Una vida echa de madrugadas, fiestas, borracheras, risas e inconsciencia. El futuro era algo que te hacia encogerte de hombros. La vida de Aloma se parece a la mía, fiestas, conciertos gratis con cerveza barata, profesores cretinos, viajar y dormir en un coche… pero hay algo completamente distinto, algo esencial. Ella sabe lo que quiere y vive la vida de sus veinte años sin miedo.
Tiene suerte, es verdad. Suerte de vivir un amor así, de contar con la compañía, la complicidad de un amor así. Tiene suerte de unos padres que la apoyan y no mirarán su vocación como un fracaso, que respetarán sus decisiones. Que viajarán hasta París para verla actuar en una obra de teatro sin texto ni argumento y no le harán ningún reproche.
Pero al final me di cuenta de que “París tres” es en realidad una búsqueda. Que la vida se trata de eso: buscar. Irse a vivir a otra ciudad y buscar tu sitio. No arrepentirse. Viajar sin mapa. Asombrarse. Recorrer una ciudad y acordarse de una novela. Querer ser actriz y buscar en el tablón de anuncios de la facultad. No tener miedo y decir que sí. Hacer de taquillera en lugar de actriz. Sobrevivir a la estafa y a los desengaños y no perder la ilusión. Hablar con un desconocido. Sonreír y guiñar un ojo. Saber que ser contradictorio te hace humano. Salir a la calle con un bocadillo y una cámara de fotos. Comprarse abrigos de segunda mano. Madrugar los sábados para buscar a Milan Kundera cerca de Notre Dame y no encontrarle. Recordar que tu madre te dijo que el que tropieza y no se cae, adelanta.
Saber que un domingo de octubre llega el final, y entonces, toca sonreír y seguir buscando.

 

*Aragón literario es Luis Borrás Dolz

18
Jun

En la Feria del libro

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Cortesía de David Barreiros.

12
Jun

París tres en la Feria del libro

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El sábado 14, por la mañana, Aloma Rodríguez firmará ejemplares en los Portadores de sueños.

Y el domingo 15, en la caseta de Xordica.

12
May

París tres en Turia

París loco: una fiesta.

 

I. (Una novela que se esconde) Como otros antes han escrito (Juan Marqués y David Mayor concretamente, y lo han dicho bien) la ciudad de París y la escritura del primer libro, son dos elementos fundamentales en la primera novela de Aloma Rodríguez, París Tres. Esas dos cuestiones son tan capitales para entender esta obra como el hecho de que, indudablemente, el lector se encuentra ante una novela a pesar de que el libro plantea una estructura más propia de un diario (sin duda herencia directa del texto primigenio escrito y publicado a manera de post en el blog de la propia autora, muy recomendable, por cierto). Antes ya habíamos visto esta estructura que oculta el trasfondo novelesco de la obra en textos como Diario de un hombre humillado de Félix de Azúa, o en el intento algo más fallido, eso sí, de Roger Wolfe en su libro ¡Que te follen Nostradamus!; aunque, a decir verdad, es digno de mención que una joven autora se decante por esta variación estructural en su primer libro, algo que detecta una estupenda asunción de riesgo por su parte, que da a entender no sólo lo que este libro da de sí sino lo que dirán (y dirán bien) los posteriores. Pues bien, este falso diario que esconde tras él una novela podría tratarse también de un libro de viajes, un cuaderno de bitácora que recoge la llegada a París, las idas y la venidas, los viajes intermedios y el regreso, una hoja de ruta vital que se articula desde los puntos esenciales de un viaje: origen y destino. Porque al igual que los personajes van y vienen y cambian de ciudad (o de lugar en la misma) constantemente, el libro se acerca y se separa del lector continuamente y tan pronto le confiesa, como le oculta, o le apasiona. El viaje como búsqueda personal, como ese lanzarse al vacío para encontrar la respuesta, el viaje que dice y transforma. Y París se asoma como la ciudad ideal para ello, para perderse, para escribir ese primer libro que la protagonista lleva dentro, para soñar con grandes escenarios en los que triunfar, París vuelve a ser una fiesta, el lugar que no se acaba nunca.

 

II. (Ella) Como en un buen diario o una buena novela el personaje principal es principio y fin de la obra, ella es París y Zaragoza, y es también Ámsterdam o cualquiera de los lugares citados, y lo es porque hace suyos todos los instantes y los momentos. El lector detectará pronto cómo la presencia del personaje en la escena modifica el propio espacio, algo que sitúa al texto muy cerca de una concepción teatral. “Vuelvo del ensayo. Es verano y hace calor. Subo los cinco pisos. Dejo la mochila en el suelo y me quito la camiseta. Barreiros está en el ordenador. Me besa y yo me quito el sujetador. Le digo que estoy cansada y me tumbo en el suelo boca arriba […] Estamos semidesnudos encima de la alfombra. Me pongo encima de él y le pregunto si tiene hambre.” (Fragmento Setenta y uno). El lector pronto entenderá que el lugar central en el que se desarrolla la acción puede tratarse con facilidad de una puesta en escena teatral. La descripción pormenorizada de situaciones, elementos  que componen los espacios y personajes que habitan los mismos, actúa, de alguna manera, como una pequeña acotación teatral, y posibilita que el ritmo deliberadamente acelerado de la acción no pierda en ningún instante la verosimilitud (“Es jueves. Barreiros quiere ir a la playa. Nos levantamos temprano y bajamos la maleta. Vamos a Deuville, al norte. Es lo más cercano a París. Nos perdemos y el viaje nos cuesta el doble de tiempo. Llegamos casi de noche. Paseamos por la playa llena de gaviotas. Hay gente montando a caballo”. Fragmento Setenta y cinco). Y la narración se acelera desde la sucesión de acontecimientos y las frases cortas y trepidantes, sin perder de vista en ningún instante la cotidianidad que lo hace cercano, creíble, y por lo tanto fácilmente reconstruible en la cabeza del lector.

 

III.(Barreiros o el equilibrio). “Barreiros tiene el pelo más negro del mundo. Es alto y fibroso. Tiene los ojos marrón claro” (Fragmento Cincuenta y dos). Este fragmento hace de acotación, de rápida descripción y se complementa dicha acotación con el siguiente fragmento: “Salimos a las once. Ahora no tenemos prisa. Barreiros y yo no estamos de acuerdo: a él no le ha gustado y a mí sí. Empezamos a discutir, gritando para oírnos, sin dejar de pedalear […] Casi hemos llegado. Hay dos caminos posibles y nos separamos. Pedaleo con fuerza y pienso que vamos a romper por una película. Cuando llego al portal él me está esperando. Sujeta la puerta mientras entro la bici en casa. Antes de soltarla me da un beso y susurra “enfadicas”.” (Fragmento cuarenta y dos). Un segundo personaje surge atrapando toda la atención del lector en determinados momentos, se trata de alguien que toma el brazo de la protagonista cuando esta está a punto de caer, cuando las dudas la asaltan. Barreiros aparece en escena, cabal, educado, correcto, y devuelve a la protagonista a la calma cuando esta ha perdido los nervios. Aloma Rodríguez ha sido capaz de crear un personaje secundario con el magnetismo suficiente como para ser considerado principal, un personaje que aparece y desaparece de la escena y pone orden, en ocasiones, equilibrio, en otras.

 

En esta novela en la que multitud de personajes entran y salen de escena como en la propia vida en la que las personas aparecen y desaparecen de la noche a la mañana, algunos permanecen y son fundamentales. Y los dos personajes principales se complementan a la perfección, como la autora y su novela, como el lector y la novela. París Tres es una novela divertida, energía en estado puro, desatada, fresca, llena de literatura, una dulce puesta en escena de la vida, la búsqueda y el descubrimiento, un brillante adelanto de lo que ha de llegar.

 

Ignacio Escuin Borao

 

Aloma Rodríguez, París Tres, Zaragoza, Xordica Editorial, 2007, 131 páginas.

 

09
May

París tres en Calle 20

Elena Medel habla de París Tres en el número de Mayo de Calle 20


parís TResSi naciste en Zaragoza, estudias Filología y deseas triunfar como actriz, una beca Erasmus en París puede lanzarte o estrellarte. La protagonista persigue a Kundera, ejerce de documentalista en una obra teatral y levanta acta de las peripecias allenianas de su novio. Humor cruel –la compra por eBay– y gotas de emoción –la cena de cumpleaños del padre– para una novela narrada con encanto y sencillez.
Xordica/ 136 páginas / 12 euros

01
Apr

París Tres en la Revista Clarín

No hace falta haber leído mucho para haber leído muchos libros que transcurren en París. La mitología sobre esa ciudad lleva siglos funcionando, y la han convertido en el epicentro de muchas cosas, y, particularmente, en un escenario predilecto para pintores, escritores o cineastas. Después el arte, haciendo el camino de vuelta, ha condicionado la vida de los que crecieron viendo esos cuadros, leyendo esas páginas, admirando esas películas. De uno de los personajes de la última novela del extraordinario escritor suizo Urs Widmer, se dice que «A París fue porque todo el mundo tenía que vivir una temporada en París» (El libro de mi padre, Barcelona, Salamandra, 2oo6, p. 46), y en esa exageración hubo y hay una verdad. París ha sido el destino anhelado por generaciones enteras de poetas, fotógrafos o músicos, en varios momentos de los doscientos últimos años, y eso hace que, al menos en cierto sentido, lo siga siendo de vez en cuando, sin necesidad de ser demasiado mitómano, esnob o infantil.

También los escritores españoles han sido atraídos por esa ciudad, primero fascinados por su bohemia y su color (y allí están, entre muchos ejemplos, el París de Ramón Gómez de la Serna, el Aquí París de Pío Baroja, o el ya desmitificador París de José Gutiérrez-Solana que va a ser inminentemente publicado en La Veleta), o después, en algunos tristes casos, obligados por el exilio (o por razones muy diferentes e indeterminadas, como César González-Ruano, según acaba de recordar —y fantasear— José Carlos Llop en su curiosa ficción París: suite 1940). Saltando las décadas, han pasado sólo cuatro años desde que Enrique Vila-Matas narró sus recuerdos de su huida a esa ciudad en París no se acaba nunca, y hace unos meses nos llegó la particular crónica que el zaragozano José María Conget hizo de su estancia de un año en París en Pont de l´Alma. Ambas narraciones contenían ya suficiente desenfado y aversión por la solemnidad como para comprobar que “la ciudad del amor” comenzaba a ser vista y narrada ya con un tono muy diferente, poco sumiso a las leyendas y a la tontería.

Es en esta estela donde puede leerse París tres, la novela con la que la también zaragozana Aloma Rodríguez irrumpe en el mundo literario, y, concretamente, en una magnífica editorial, Xordica, que ya ha acogido a muchos de los mejores escritores aragoneses de estos años (los jóvenes Julio José Ordovás, Daniel Gascón, Ismael Grasa o Cristina Grande, junto a autores consagrados como José Antonio Labordeta, Javier Tomeo, el propio Conget o, muy recientemente, Ignacio Martínez de Pisón) y que merecería ser mucho más conocida en el ámbito nacional (e incluso más allá).

París tres es, sin duda, una novela. El que la protagonista se parezca tanto a la autora, y el que, al parecer, el origen de esta narración está en un blog que fue escribiendo Rodríguez durante su año de beca Erasmus en París, no la convierten en un diario, aunque se aprovechen bien algunos recursos de ese género. Es una crónica íntima, pero no se la está contando a sí misma sino a nosotros, con una curiosa y muy lograda mezcla de exhibicionismo y humildad.
Hay momentos de una sencillez preciosa («Estoy nerviosa y Barreiros tiene sed. Él me abraza y yo le doy agua», se lee en la página 23, en lo que podría ser, tal como está, un delicadísimo y maravilloso poema zen) e incluso emocionantes, como en ese impagable capítulo (el «Setenta y ocho») en el que, tras telefonear a su padre para felicitarle su cumpleaños, la voz narrativa comienza a contarnos con detalle lo que va a ocurrir en la cena familiar en el restaurante, eso que aún no ha sucedido y ella no va a presenciar, pero que ya imagina desde la distancia y el cariño, añorándolos desde su nueva vida.

Se trata de una novela muy fácil de leer, lo cual, lejos de lo que alguien pudiera pensar, es otro mérito de la autora, y ni quiere decir que sea simple ni implica que haya sido también fácil de escribir. Más bien se aprecia todo el trabajo que hay detrás de estas 130 páginas. Trabajo de detectar las cosas que se quieren contar y, después, trabajo de contarlas, y de contarlas bien, sin trampas, sin pedantería, sin inflación. Aloma Rodríguez se muestra especialmente brillante en los finales, en los cierres de muchos de los noventa y ocho pequeños capítulos, al rematarlos con breves párrafos o líneas sugerentes que establecen una complicidad muy intensa, y donde se descarga buena parte de la calidad lírica que contiene el libro. Después de un complicado y fatigoso viaje en coche, por ejemplo, termina escribiendo que «En casa, bajo la persiana y cierro la cortina. El sol está a punto de salir» (p. 114) y entonces uno se siente cansado pero protegido, como en su propia casa. O qué fácil es compartir la limpia intimidad doméstica de la que se nos hace partícipes para completar el capítulo «Setenta y uno»: «Estamos semidesnudos encima de la alfombra. Me pongo encima de él y le pregunto si tiene hambre». (p. 96).

Los que tengan hambre de buenos libros harán bien en dedicar un par de horas a éste, donde la ternura gana la batalla a la frivolidad, la juventud a la inercia, el trabajo a la improvisación. París tres es una pequeña y sorprendente delicia. Un debut tan deslumbrante y libre como sus últimas palabras.

*La revista Clarín publica este texto de Juan Marqués que ya había aparecido en el blog literario La tormenta en un vaso.

09
Feb

París tres en el Diario del Altoaragón

Aloma Rodríguez y Eva Puyó presentan en Huesca ‘París Tres’ y ‘Ropa tendida’.

 

Aloma Rodríguez y Eva Puyó tienen en común ser zaragozanas, vínculos con el mundo del teatro y haber terminado recientemente sus primeras novelas. Compañeras de editorial y amigas, ayer presentaron en la Librería Anónima de Huesca “París Tres” y “Ropa tendida”, dos historias sobre una estudiante en el extranjero y las relaciones familiares. Ismael Grasa y Carlos Castán ejercieron de padrinos en un acto al que asistieron otros escritores oscenses.

HUESCA.- Las escritoras zaragozanas Aloma Rodríguez y Eva Puyó presentaron ayer sus primeras novelas en la Librería Anónima de Huesca. Para ello contaron con dos buenos padrinos: Ismael Grasa y Carlos Castán se encargaron de presentar “París Tres” y “Ropa tendida”, firmadas respectivamente por Rodríguez y Puyó y publicadas por la editorial aragonesa Xordica.

“París Tres” cuenta la historia de una joven que se va de Erasmus a la capital francesa, y el nombre de la novela es el de su Universidad de destino. La obra tiene mucho de real, porque de hecho la autora estudió en esa ciudad. “Hay cosas que han pasado de verdad, pero es una obra de ficción y está todo novelado”, explica Aloma Rodríguez.

Tras presentar la novela en Zaragoza y Madrid, ayer la trajo a Huesca en compañía de Ismael Grasa, amigo y compañero de editorial. “Me gusta mucho cómo editan y los escritores que publican. Su trabajo de edición es muy fino, y estuve encantada cuando me dijeron que sí”.

Su primera experiencia editorial le está resultando grata, sobre todo por las diferentes lecturas que está apreciando en su obra. “Es algo que ya sabes, pero cuando lo ves está muy bien. Lo que a unos lectores les gusta y a otros no, las reacciones cuando leen el libro… Hay pocas lecturas que coincidan, y eso es interesante y halagador”. En su caso además, vivió el proceso de una forma natural: “Cuando estaba en París iba escribiendo un blog, y entonces me di cuenta de que ahí tenía material para una novela. Nunca me había planteado escribir ni publicar, así que todo fue fácil. No fue algo premeditado”. Tras una primera experiencia positiva, trabaja ya en su segunda novela, aunque asegura que todavía le queda mucho trabajo para verla publicada.

Su compañera de editorial y también amiga es Eva Puyó, con la que está compartiendo sus primeros pasos editoriales. En “Ropa Tendida” investiga sobre las relaciones familiares, sobre todo las de padres e hijos. “Es un libro de aprendizaje para hijos, pero también para padres, porque no es fácil”. Eligió el título porque le pareció sugerente, “porque la ropa tendida muestra algo del interior de las vidas, de las personas que están detrás de la ventana. Pero luego hubo gente que me dijo que la expresión tiene que ver con los secretos familiares. También podría valer, pero yo lo puse porque me pareció algo cotidiano, muy visual, de mostrar el interior y el exterior”.

El libro se publicó el pasado mes de noviembre, y le ha sorprendido gratamente la respuesta de la gente. “Aparte de que haya gente que se pueda identificar con el personaje protagonista, que soy yo, que se puedan identificar con los padres, es lo que más me gusta”. En este caso su propia vida también está en la novela. “Hay cosas cercanas a mí que me ha parecido adecuado introducir en el libro. Por ejemplo, el padre de la protagonista trabaja en una fundición de bronce, y esos objetos están ahora de capa caída”. Aunque recalca que es una obra de ficción, “siempre hay cosas que me parecían bonitas. La gente reconoce ciertas cosas”, asegura. El libro tiene un componente generacional, con el que se identifican sobre todo los nacidos en los 70, y reconocen a aquellas madres que en teoría no trabajaban pero sí lo hacían, dentro y fuera del hogar.

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